A veces todavía me sorprendo hablándole en voz baja, como si pudiera oírme desde algún lugar. Han pasado cinco años,

pero el tiempo no siempre avanza en línea recta cuando el amor se rompe de golpe. A veces retrocede. A veces se queda detenido en una madrugada concreta, en un hospital demasiado blanco, con un silencio que gritaba más fuerte que cualquier llanto.

Se llamaba Lucía.

Lucía tenía la risa fácil y una manera muy suya de tocarme el brazo cuando quería decir “todo va a estar bien”. Nos conocimos jóvenes, sin saber nada de la vida, creyendo que el amor bastaba para sostenerlo todo. Y durante un tiempo, bastó.

Cuando nació nuestra hija, Emma, Lucía brillaba de una forma distinta. Cansada, sí, pero feliz. Decía que nunca había tenido tanto miedo… ni tanto amor al mismo tiempo. Yo la miraba sostener a Emma y pensaba que el mundo, por una vez, había hecho algo bien.

La enfermedad llegó sin pedir permiso.

Primero fue un cansancio extraño. Luego las visitas médicas. Después, esa palabra que nadie quiere escuchar. Lucía fue valiente de una manera silenciosa. Nunca gritó. Nunca preguntó “¿por qué yo?”. Solo me miró una noche, con Emma dormida en su pecho, y me dijo:

—Prométeme que ella va a crecer sabiendo cuánto la amé.

Le prometí cosas que no sabía si podría cumplir.

El día que murió, Emma estaba en casa de mi hermana. Lucía se fue con una calma que me rompó el alma. Me apretó la mano, sonrió débilmente y susurró mi nombre como si fuera una despedida y un refugio al mismo tiempo.

Desde entonces, aprendí a ser padre solo.

Aprendí a peinar coletas torcidas, a calmar pesadillas, a responder preguntas difíciles. Emma a veces señala el cielo y dice que mamá vive en una estrella. Yo no la contradigo. Hay dolores que no necesitan corrección.

Por las noches, cuando la casa está en silencio, me permito extrañar a Lucía sin filtros. Extraño su voz, su olor, su manera de hacerme sentir en casa incluso cuando todo iba mal. No he vuelto a amar. No porque no quiera… sino porque algunas historias dejan cicatrices que no piden ser borradas.

Pero sigo adelante.

Por Emma.
Por Lucía.
Por el amor que tuvimos y que, incluso roto, sigue siendo real.

Porque aunque ella murió hace cinco años, vive en cada gesto de nuestra hija…
y en cada latido mío que aún pronuncia su nombre en silencio.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *